Casa Brochard

Obispo Terrero & San José, San Isidro, Provincia de Buenos Aires, Argentina

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Ficha técnica

Obra:

Arquitecto/a

Año Proyecto: 

Tipología:

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Distrito:

Concurso: 

Casa Brochard

Arqs. Berreta, Boullon, Bustillo, Elis

1964

Vivienda Individual

San Isidro

San Isidro

IV

Memoria

Al promediar la década 1950-60, una nueva generación de arquitectos argentinos comenzaba a mostrar síntomas de disconformidad frente a la actitud internacionalista que inspiró las dos primeras generaciones renovadoras de la arquitectura contemporánea del país. Estos mismos síntomas, con matices particulares, pudieron, recibirse en distintas partes y, tanto en los Estados Unidos de América como en Europa, a partir de Ja última postguerra se cuestionaron los hasta entonces reconocidos principios de la llamada arquitectura racionalista.
En nuestro medio la casa Urtizberea, de Claudio Caveri, encarnó un presentido cambio, sorprendiendo en el momento la coherencia de su lenguaje formal. Junto con la obra subsiguiente realizada por Ellis, la iglesia de Nuestra Señora de Fátima, se constituyeran durante un lustro en los ejemplos más difundidos seguidos de nuestra arquitectura.
Al lado de la paradigmática casa Urtizberea, en el lote vecino, se levantó la casa Brochard, obra de Horacio Berretta, proyectada y construida contemporáneamente con la de Caveri. Ambos arquitectos estaban unidos tanto por amistad y formación profesional como por una idea común de renovación de la arquitectura.
Mientras la casi monacal casa Urtizberea llevaba hasta sus últimas consecuencias un planteo de vida que luego se confirmó y amplió en la comunidad construida en las proximidades de San Miguel, en la casa Brochard, Berretta, igualmente consiente en crear un ámbito propicio y estimulante de la vida familiar, aspiraba a una mayor libertad, tanto en el planteo como en su lenguaje. Y si las formas empleadas fueron polémicas, igualmente rechazó el esquematismo del vocabulario "racionalista" y la interpretación analítica de las necesidades del continente.
Toda la disposición de la vivienda apoya la cohesion del grupo familiar y se resuelve en un esquema compacto, cuidadoso tanto de su interioridad, como de las relaciones con el exterior. Dentro del lote, la casa no es un volumen inactivo; lo construido modela los espacios libres en zonas de transición y de vida exterior. Con una generosa implantación hacia la calle, el plano de fachada se transformó en una forma abierta y receptiva de la vereda: galería de entrada, cochera, maceteros y muros de cerramiento resuelven la dualidad de privacidad y apertura hacia el vecindario. Evitando el ascetismo extremo, las formas austeras de la casa Brocard 19 enriquecen su controlada concepción espacial con una presencia más rica y variada de los materiales empleados, combinando las superficies rugosas de las paredes calcadas con los revestimientos de madera, las columnas de palma y los muros de piedra y ladrillo. Un sentido pictórico no es ajeno a la obra y en ella convergen las experiencias de Berretta como pintor y arquitecto.
En la economía conceptual y formal de esta vivienda se encuentran sus mejores méritos, una solución que aspira a lograr un nuevo tipo de ámbito familiar que se aleja tanto de los prototipos pintoresquistas del chalet suburbano como de la entonces estereotipada imagen de casa moderna. Su actualidad surgió de la eliminación de lo superfluo, sin mutilar por ello una necesaria riqueza espacial y expresiva.
LA CASA BROCHARD II
Aquella primera casa Brochard tuvo su punto de partida en el típico programa de requerimiento correspondiente a un matrimonio joven. Arquitecto y comitente trabajaron en íntima relación y de la mutua comprensión de roles nació la justa acomodación de necesidades y soluciones. Diez años más tarde, arquitecto y comitente se reunirían otra vez para materializar una nueva casa. Para Berretta, el tiempo transcurrido significó una experiencia comprometida en una búsqueda arquitectónica reconocible en los numerosos trabajos realizados con Ellis, Bullon y Bustillo. Con este equipo se realiza la segunda casa Brochard.
Para la nueva obra debían tenerse en cuenta requisitos más complejos de vida familiar y social, contándose con un terreno más amplio y con mejores posibilidades económicas. El lote en esquina, ofreciendo sobre el perímetro de las dos calles, las mejores orientaciones, fue ocupado con un esquema abierto, no compacto, que parte de un núcleo de entrada y recepción y se prolonga en dos alas, una destinada a la parte privada de los dormitorios y cuarto de esparcimiento de los hijos y, otra, de servicio. Estas dos alas convergentes a 90° determinan en el espacio exterior zonas de expansión de las actividades internas.
El esquema toma cuerpo en una volumetría que aporta al entorno urbano distintas situaciones que se ofrecen en una secuencia variada y cambiante. Esta diversidad de situaciones es resultante de un modelado del espacio interior que se transmite hacia afuera en formas continuas. El juego de techos de dos aguas exterioriza los cambios internos. Los muros, como parte de la envoltura espacial, se prolongan en apéndices, y terrazas, maceteros, parapetos y taludes marcan las necesarias transiciones con el terreno, transformado en sus niveles por los requerimientos de la organización interna.
El conjunto es complejo e indivisible: rechaza las formas puras aisladas, pero se apoya en una organización formal fuerte. En este sentido no es ajena una conexión con las llamadas "casas blancas". Igualmente, los materiales empleados se manifiestan rotundamente, sea en las superficies metálicas de las cubiertas como en los muros de ladrillos; en todo esto persiste un gusto por las superficies ricas en textura. De sus formas y de sus materiales emana un sentido de dualidad en una imagen asociable a una casona.
En el interior, el esquema de organización es claro y simple en planteo, pero esta estructura interna se transforma en un orden espacial cuya captación des-dibuja una inmediata y obvia percepción esquemática.
La zona de estar de la vivienda no sólo está condicionada por el uso cotidiano y familiar, sino que también debe permitir el encuentro social de grupos numerosos. Esta conflictual condición de intimidad y amplitud se resolvió manejando una gran superficie que acomoda distintos lugares de encuentro y de estar dentro de un espacioso ámbito.
Cada lugar sugiere un remanso enmascarado con límites virtuales. Si el juego de niveles delimitó zonas remarcadas por el modelado del techo, se establece para cada parte una controlada relación visual con el resto. El total nunca es aferrable; siempre existe una continuidad y sensaciones de amplitud e intimidad se alternan, según los distintos requerimientos de uso, en un recorrido que se ofrece sin solución de continuidad.
Así como en el exterior predomina un juego complementario de la cubierta metálica contrastante con las superficies de ladrillo, en el interior los planos lisos y blancos de los muros recortan nítidamente el dinámico contorno de encuentro con el cielo raso maderero. En la elección de terminaciones y materiales se eliminó para el interior todo efecto de rusticidad, pero en el gusto del modelado de la forma por luz y en la persistencia de una espacialidad cambiante, se hermana con la búsqueda sostenida en otras obras de los mismos arquitectos, comprometido en clarificar una de las tendencias más significativas de nuestra arquitectura contemporánea
MIGUEL ASENCIO

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